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Pablo Benavente Bonfante
29 may 2019
In PUERTAS
Entonces aposté por mí. Crucé la puerta como si una marabunta enfurecida agitara sus hoces y antorchas a mi espalda. Decidido a correr como si la vida me fuese en ello porque ahí justo me iba. Noté la mediocridad de la guadaña en la nuca y me enfrenté a ella con uñas y dientes; esto es, huí de ella porque a la muerte se la engaña y despista pero no se la vence. Esto es algo que aprendí con mi abuela, con mi abuelo con mi tío, con mi tía hasta con mi padre y alguna vez en mis propias carnes. A la muerte no se la mata. Con la parca hay que hablar de usted y jugar al despiste hasta que te pille el truco y no queden ases en la manga. Y lo siento, de veras pero ahora me encuentro tirando a tus pies toda una baraja de trucos por hacer y sé que no lo ves al menos no todavía que hasta que no te veas sujetando el pomo al rojo vivo no lo entenderás ahora ves en mí los ojos de la bestia El aura de un monstruo que no ve más allá de sus pies y que no se plantea nada más allá de su intelecto Y tienes razón, en todo y como siempre tienes razón. Aposté por mí antes que en ti, en ti, en ti o en cualquier nosotros posible. Aposté por mí porque ni tú ni nadie lo hizo por mí cuando lo necesitaba. Aposté por mí porque no me sobran las monedas y aposté por mí porque nadie más tiene por qué hacerlo. Cruce esa puerta en llamas y volvería a dar el fatídico paso. Volvería a quemarme una y otra vez si con ello saboreo mi alma en su más puro estado: el animal que me habita. El que le da sentido a todo y aleja la cuchilla afilada del cuello la pistola de la garganta y el embolo del brazo. El que me anima la sangre y me recuerda el qué, el por qué y el cuándo. Pronto te olvidarás de mis tatuajes y recordaras una piel distinta: Roja, inerte, incluso cruel. Abrirás el pozo y arrojarás todos los buenos recuerdos te inventarás otra historia para el nombre de nuestra hija tatuado en el brazo y soñarás tenerla con otra persona y con otro nombre. Diseccionarás lo que has sido este tiempo y lo remitirás a un engaño una falsa tú prisionera de un falso yo que nada tiene que ver con la canción alegre que entonaste durante tus más dulces años y a la que ahora digo adiós. No era mi álbum, ni siquiera era mi estilo de música. Tú eras tan de la tierra y el flamenco y yo tan del aire y rock n roll. Era inevitable que nos amásemos como si el óxido fuera arte. Era inevitable que dejásemos huella en el mundo y mella en nosotros. Aprendimos influimos en las partituras del otro como dos niños diseñando las ventanas de un castillo de arena y se nos acabó viniendo abajo. Ahora te imagino rediseñando la felicidad un poco menos inocente pero igual de fuerte con tus ojos color roble mujer codeándote con mis enemigos en cualquier bar ahora que os une una conversación recurrente Crucé esa puerta oscura como si no me pesase la soledad como pudiendo con todo que es como deben tomarse todas las decisiones. Dejé de lado la promesa de vida feliz el piso para dos el sexo como si nos conociéramos por dentro el gato que querías adoptar, aunque fueras alérgica y la falsa seguridad de una valla blanca rodeando nuestro jardín. Crucé esa puerta porque no me quedaba otra y, lo que me quemaba, como a Ícaro en aquel poema, era el suelo. Crucé el umbral porque por mí no iba a hacerlo nadie ni siquiera tú que sé que hubo un tiempo en el que hubieras derramado sangre por estos huesos. Nadie más podía. Nadie más tenía. Pero, déjame decirte algo. Déjame hurgar un poco en la herida porque al fin y al cabo es nuestra y yo también tengo llagas en la boca de mordérmela. Déjame hacer uso del derecho que me gané sacando las castañas del fuego durante todo este tiempo y déjame asegurarte que todo va a ir bien que tú también estás en esta tela de araña que, la muerte, como a todos los presentes te reserva una mirada lejana y que disfrutes de tu tiempo como hicimos del nuestro. Exprime la vida con la rabia de un animal herido porque te lo mereces y siempre fuiste mejor que los humanos. Olvida esto. Déjame en ese cuarto diminuto de tu cerebro en el que sólo estamos las cosas que un día te hicieron feliz y ya no y rescátame años después cuando no quieras mirar atrás y alejes de tu lado todo lo que te hace sentir cómoda y vacía. Rescátame cuando te decidas a extender la mano girar la muñeca en la que firmó tu madre y abrir otra puerta como esta en llamas. Rescátame y responde a una pregunta sola cuando lo hagas ¿Sigues creyendo en los monstruos?
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Pablo Benavente Bonfante

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